lunes, 23 de agosto de 2010

hablar mientras escribes

Hoy estaba viendo una entrevista en la tele a un tal Facundo Cabral. Lo estaba entrevistando Carlos Loret, y mientras Facundo Cabral hablaba, con esa pretención característica de los "cantautores" de esa onda, Carlos Loret, con su propia característica adulación a dichos "cantautores", le decía "¡qué bárbaro!, usted escribe mientras habla", por eso de que mientras habla –Facundo Cabral– trata de sonar inteligente y poético. Y yo pensé, ¿qué tiene de admirable escribir mientras hablas? a mi se me hace mucho más interesante "hablar" mientras escribes.

martes, 17 de agosto de 2010

Cosas que me gustaría hacer hoy

hay un par de cosas que me gustaría hacer hoy como salir a patinar ir a nadar correr o aunque sea caminar en la avenida principal de una ciudad grande llena de gente de todo el mundo con el sol quemándome la cabeza y sentir cómo poco a poco los converse negros demuestran no ser aptos para caminar todo el día pero no me importa porque lo último en lo que pienso es en el dolor de pies me importa más ver las caras de la gente que camina hacia mí o alejándose cómo algunos van al trabajo otros regresan del trabajo otros están trabajando y unos pocos sólo caminan porque no tienen trabajo y están buscando trabajo pero les cuesta trabajo conseguir trabajo porque somos más de los necesarios para sostener el mundo y aun así hay algunos que ni tienen trabajo ni quieren tenerlo y sólo salen a caminar porque caminar es más interesante que el trabajo y habemos otros que tenemos trabajo y estamos encerrados a las diez de la mañana frente a una pantalla robándonos el tiempo de la compañía para escribir acerca de lo que nos gustaría estar haciendo pero no tenemos la suficiente pasión por la vida para hacerlo

jueves, 12 de agosto de 2010

A veces tengo nostalgia de una época que no viví

A veces tengo nostalgia de una época que no viví. Nací a finales de los setenta -pero a finales finales, tres meses antes de que empezara la nueva década-, y la verdad es que de los ochenta casi no recuerdo nada. Digo, claro que me acuerdo de cosas, y muchas -un pianito de plástico que estaba en la tina azul de mi departamento, el olor húmedo del estacionamiento del edificio, una alberca en cuernavaca...-, pero nada relacionado con la música. En realidad empecé a ponerle atención como a los once años, ya en los noventa. Con CDs, MTV y todo eso. Y sí, me tocó vivir eso de que descubres nueva música porque un amigo fue a Estados Unidos o a España y se trajo unos discos -probablemente sin haberlos escuchado antes. Y de ahí algo nuevo salía. Te enganchabas con un grupo y escuchabas el mismo disco -grabado a un cassette- en tu walkman durante semanas o incluso meses.
Pero me duró muy poco. El internet llegó y de pronto, como en una espiral -tan rápido como un espantasuegras en el patio trasero de la casa de tu mejor amigo, en su fiesta de cumpleaños, con ropa tecnicolor- tan rápido, el mundo está lleno de música por todos lados. Cualquiera graba su disco, pone su myspace, se hace de cientos de miles de amigos virtuales y listo, le cierran la boca a Warhol: ya todos tenemos más de 15 minutos de fama.
No soy primitivista ni nada -con todo y lo bien que me caen algunos, como Zerzan. Me gusta le tecnología, creo en ella y estoy feliz de tenerla. Pero cuando veo grabaciones de esos viejos programas de televisión, en blanco y negro, con textura de plastilina, con presentadores de brillantes cabelleras engomadas y trajes blancos, sonrisas permanentes y zapatos de charol, emocionados -o mejor dicho sorprendidos, impactados- de ver a grupos como The Who o Black Sabbath destruir el mundo en un par de acordes, carajo... ¡qué jodida envidia me dan!